Mariano era un programador. No era el mejor, ni tampoco el peor. Había aprendido poco a poco, por su cuenta, hasta que un día descubrió que se podía ganar la vida con ello. Acabó trabajando en un olvidado engranaje del gobierno, programando poco a poco, día a día, tranquilamente. Mariano era el responsable de un pequeño programa que tomaba decisiones muy simples sobre gastos de un departamento muy pequeño de una subdelegación de un pequeño departamento que no estaba en boca de todos. Una vez al mes, alguien pulsaba un botón en el programa de Mariano y el presupuesto se repartía. No era un reparto particularmente ingenioso o eficiente, pero funcionaba- bueno, de cuando en cuando había algún problema pero Mariano siempre estaba ahí para resolverlo. Pero era un programa que ahorraba a un subsecretario hacer una hoja de cálculo tediosa, y si bien Mariano no se podía sentir orgulloso al lado de los gigantes de la informática que consiguieron hacernos felices acariciando cristales, sabía que su programa ayudaba a alguien, y eso le hacía feliz. El programa funcionaba, y un día el subsecretario se lo explicó a otro subsecretario mientras jugaban al pádel. El primer subsecretario concertó una reunión inmediata entre el segundo subsecretario y Mariano, para ver si éste podría ayudarle a automatizar unas cosas de su departamento, que le quitaban mucho tiempo. Mariano le escuchó y le propuso un par de ideas, y vio como el segundo subsecretario asentía con la mirada perdida. Mariano le preguntó un par de cosas, y el segundo subsecretario le dijo que no lo veía claro, que qué proponía Mariano. Su propuesta le pareció fantástica, y al poco tiempo Mariano recibió una nota de que ampliase su programa para manejar las tareas del segundo subsecretario. En un par de días, Mariano tenía un prototipo. Se lo enseñó a la ayudante del segundo subsecretario, que le hizo un par de correcciones pero que parecía contenta. Mariano era feliz, por fin su programa hacía más cosas. Estuvo unos días ocupado y al final el programa fue capaz de asumir muchas funciones del segundo subsecretario. Mariano tenía ahora un poco más de trabajo, pero las funciones del primer programa ya estaban bastante pulidas y se podía dedicar casi plenamente a los problemas de la nueva funcionalidad. El segundo subsecretario decidió pasarse al golf, donde podía codearse con adjuntos superiores. Estos, sorprendidos por el hecho de que un subsecretario jugase a golf con ellos, no tardaron en interrogarle y descubrir las bondades del programa de Mariano. Pronto estos iniciaron un proyecto conjunto, con un presupuesto generoso para ampliar el programa de Mariano. Le ayudaron a contratar unos cuantos programadores más para ayudarle y que pudiese asumir más funcionalidades dentro del gobierno. Mariano titubeó. Él, un simple programador autodidacta, liderando un proyecto para automatizar los trabajos de varios adjuntos superiores. Sin embargo, vio cómo confiaban en él y asumió el reto. Fue complicado, pero resultó ser que Mariano era especialmente habilidoso entendiendo los problemas y proponiendo soluciones que los adjuntos aceptaban con la mirada perdida, y que luego sus ayudantes le acababan de corregir. Mariano iba interiorizando cómo funcionaba el gobierno, y cada vez le resultaba más simple extender el programa. Había problemas, sí; los gobiernos no son organismos simples, pero Mariano y sus ayudantes iban encontrando soluciones y haciéndolo funcionar todo. Pero un día, Mariano se dio cuenta de algo. Tenía un problema con un pequeño módulo que tenía que lidiar en un problema interdepartamental, y no encontraba manera de hacerlo. Preguntó a los viceadjuntos medios, que eran los únicos que quedaban por las oficinas, removiendo sus cafés con la mirada perdida, pero pronto vio que no sabían cómo funcionaba el programa de Mariano y que mucho menos podrían resolverle el problema. Mariano preguntó y preguntó, pero todo el mundo parecía haber olvidado qué problemas resolvía el programa de Mariano, y mucho menos cómo lo hacía. Mariano y sus programadores discurrieron durante un par de días y al final hallaron una solución. No les complacía demasiado, pero era la única que tenían. En un par de semanas la tuvieron lista, pero estaban un poco preocupados porque no sabrían si era correcta o si funcionaría bien. Pensaron que si fallaba, alguien se quejaría, ¿no? Con cierta preocupación, pulsaron el botón que la puso en marcha. Pasaron semanas, y no sólo nadie se quejó, sino que seguían lloviendo carpetas con más tareas a automatizar. Con cierto orgullo, Mariano y sus programadores- que cada vez eran más- seguían automatizando y automatizando. Como pequeñas hormiguitas, un día, un submódulo del programa de Mariano emitió un mensaje que el propio Mariano había programado como pequeña broma para sí mismo. Todos los departamentos del gobierno habían sido automatizados. El programa de Mariano había asumido el control. Las cosas ni iban ni mejor bajo el programa de Mariano. Siento tener que explicar que este cuento no es ni una utopía ni una distopía. El gobierno iba tirando como antes, si acaso, las pistas de pádel y de golf estaban algo más ocupadas. Hasta que un día, Mariano cayó en algo. Sólo él realmente sabía cómo encajaba todo. Sus programadores conocían algún módulo, pero eran muchos módulos y muchos programadores, algunos de los cuales ni se conocían, pero Mariano les conocía a todos, y podía ver sus líneas de código en sus sueños. ¡Qué funcional bucle el de Javier! ¡Qué adecuada subrutina la de Antonia! Mariano así, con la ayuda de sus programadores iba retocando el programa. El mundo seguía igual, pero el programa de Mariano exigía sus horas de mantenimiento. Ya hasta los programadores de Mariano comenzaban a tener la mirada un poco perdida, picando teclas con eficiencia, como Mariano les había enseñado; resolviendo las incidencias de los módulos con cariño, como Mariano les había mostrado. Los programadores de Mariano eran extensiones de Mariano; con peinados y colores de ojo diferentes, pero eran Mariano. El gobierno, así mismo, se había convertido en Mariano, o quizás en el programa de Mariano, y no había nada que se escapase de sus millones de líneas de código, ni especialmente eficientes ni especialmentes elegantes, pero funcionales, como le gustan a Mariano. Hasta que un día, uno de los programadores de Mariano descubrió un pequeño fallo en el programa de Mariano. Una pequeña subrutina tenía un sutil defecto, que hacía que el conteo de vacaciones no se realizase correctamente. El único afectado, curiosamente, era Mariano. Al corregirlo, el sistema sufrió un pequeño desbordamiento, que pudieron resolver entre un par de programadores. Tras un par de días de impresión, le entregaron a Mariano una pequeña pila de papel continuo con el cálculo exacto de días de vacaciones que tenía pendientes. Mariano, que había aprendido a confiar en su programa como todo el mundo en el país, miró un segundo al infinito y lo aceptó. Avisó al programa de Mariano que en un par de semanas se cogería vacaciones y así lo hizo. Llevaba ya un par de años de vacaciones sin sobresaltos, pero con la mirada un poco perdida eso sí, cuando le llegó un telegrama. Miro al cielo, puso el telegrama otra vez en la mesa y pensó para sus adentros: -Que lo resuelva Mariano, que yo estoy de vacaciones.